La historia de Alma

Historias Vellaskim · Bienestar

Llevaba meses poniendo pretextos cada vez que mi marido se acercaba. Lo quería. Pero ya no sentía nada.

Me dijeron que era normal, que a mi edad ya tocaba. Tardé dos años en descubrir que no tenía que resignarme.

Por Alma G., 55 años, San Luis Potosí · Lectura de 6 minutosHistoria basada en lo que nos cuentan nuestras clientas. Los nombres se han cambiado.
Alma en la mesa de su cocina con café de olla y una concha

Lo que nadie cuenta en el grupo de las comadres

En el grupo de WhatsApp de las comadres hablamos de todo. De los nietos, de la presión, de la rodilla de Chela, de quién hace mejor el pozole. Pero hay una cosa que ninguna cuenta.

Yo tampoco la contaba. Durante casi dos años, cada vez que Ramiro se acercaba por las noches, yo tenía un pretexto listo. Que me dolía la cabeza. Que estaba cansadísima. Que mañana madrugaba. A veces nada más me volteaba y me hacía la dormida.

Y no era que ya no lo quisiera. Llevamos 31 años juntos. Lo quiero como el primer día. El problema era que allá abajo ya no sentía nada, y cuando sentía algo, era ardor.

Chat de WhatsApp del grupo de las comadres
El grupo de las comadres: de todo se habla, menos de esto.

Fue tan despacio que no supe ponerle nombre

No pasó de un día para otro. Empezó como una resequedad que iba y venía, cerca de los 52. Luego ya no se iba. Después vino el ardor, primero solo cuando estábamos juntos, luego a veces hasta al caminar con pantalón de mezclilla.

Y con el ardor llegó lo peor: el miedo. Ya no esperaba esos momentos con Ramiro, los esquivaba. Me tensaba nada más de pensarlo. Y mientras más me tensaba, peor era.

Él nunca me reclamó nada. Pero una noche, después de otro «hoy no», lo vi quedarse mirando el techo un buen rato. No me dijo nada. No hizo falta. Esa cara se me quedó grabada.

Yo pensaba que era yo. Que se me había acabado algo por dentro. Que así nos tocaba a todas después de cierta edad y que lo decente era aguantarse y no andar contando.

Todo lo que probé (y lo que me costó)

No me quedé de brazos cruzados, eso sí. Soy de las que apuntan todo en una libreta, hasta los gastos de la casa. Un día, ya desesperada, hice la cuenta de lo que llevaba gastado en esto.

Libreta con la lista de lo que Alma había probado y el total gastado
Mi libreta: $2,284 pesos y nada que funcionara.

Primero los geles de farmacia. Ayudaban, sí, pero diez minutos. Había que tenerlos a la mano, interrumpir, volver a ponerlos. Y la sensación de estar «arreglando» algo justo en el momento en que una quiere sentirse bien.

Después una crema de la tienda naturista que me recomendó la señora del mostrador. Olía a hierbas y no hacía nada.

Luego vi un anuncio de unas cápsulas. Tres meses tomándolas todos los días, con fe. Tres meses esperando un cambio que nunca llegó.

Y cuando lo comenté con mi hermana, me habló de las hormonas. A mi mamá se las mencionaron hace años y le dio tanto miedo que prefirió aguantarse el resto de su vida. A mí me pasó igual. No quería meterme nada al cuerpo.

Al final, todas las respuestas que recibí se resumían en una frase: «Es la edad. Ni modo.»

A ellos les dan una pastilla. A nosotras, «es la edad».

Un día, viendo la tele, salió un anuncio de pastillas para hombres de la edad de Ramiro. Que si para que vuelvan a ser los de antes. Me dio coraje.

A ellos, cuando algo deja de funcionar, les dan una solución y nadie se espanta. A nosotras nos dicen que es normal, que es parte de envejecer, que hay que aceptarlo. Como si dejar de sentir fuera un trámite que toca cumplir a los cincuenta.

Esa noche pensé por primera vez que a lo mejor no era que yo estuviera rota. A lo mejor era que nadie me había explicado bien qué estaba pasando.

La tarde que Toña agarró el plumón

Quien me lo explicó fue Toña, mi comadre de toda la vida. Fue enfermera 32 años y ahora cuida a sus nietos. Un jueves me quedé a ayudarle a recoger después de la comida y, no sé por qué, se lo solté todo de golpe.

No se sorprendió nada. Me dijo: «Ay, Alma. A la mitad del grupo le pasa lo mismo. Ninguna lo dice.»

Agarró la pizarra blanca donde sus nietos hacen la tarea, la puso sobre la mesa de la cocina y dibujó tres círculos.

Pizarra con tres círculos: la piel, la sensación y la cabeza
La pizarra de Toña: tres cosas que cambian, y una arrastra a la otra.

«Mira, comadre», me dijo. «Con los años cambian tres cosas, y una arrastra a la otra.»

Uno, la piel. Esa zona se vuelve más fina y más seca. Es lo mismo que te pasa en los talones o en las manos en invierno, nada más que ahí nadie te lo dice.

Dos, la sensación. Cuando la piel está reseca, cuesta más sentir. No es que se te haya acabado nada, es que la zona está «dormida».

Tres, la cabeza. Y como ya no sientes, o sientes ardor, empiezas a evitarlo. Te tensas. Pones pretextos. Te da pena. Y la tensión hace que todavía sientas menos.

Luego tachó los geles con el plumón rojo. «Esto solo atiende el primer círculo, y por un ratito. Las hormonas a muchas nos dan miedo, y con razón quieres algo sin tomar nada. Y del tercero nadie te habla.»

Lo que había que buscar, me explicó, era algo que hidratara la piel por fuera y que además despertara la sensación en ese momento, sin tomar nada y sin hormonas. «Cuando vuelves a sentir, la cabeza se tranquiliza sola. Ya no tienes nada que esquivar.»

Y entonces sacó de su bolsa un tubito rosa.

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Lo que me apunté en la libreta

Lo primero que hice fue leer la etiqueta. Después de las cápsulas, ya no me fiaba de nada. Toña me fue explicando cada cosa y yo la apunté en la misma libreta de los gastos, en la hoja de al lado.

Libreta con los ingredientes de la crema y el tubo de Vellaskim al lado
  • Mentol. Es lo que da el calorcito y luego el cosquilleo fresco. Es lo primero que se nota.
  • Aceite de jojoba. Suaviza la piel y hace que la crema se deslice sin sentirse pegajosa.
  • Aceite de girasol. Nutre la piel reseca.
  • Ácido hialurónico. Hidrata. Es el mismo que se usa en las cremas de la cara.

Y lo que me convenció, en dos palabras: sin hormonas. Es de uso externo, no se toma nada y no se mete nada al cuerpo. Huele a vainilla, nada de olor a farmacia. Un tubo da para unas 30 veces.

«No te estás curando de nada, comadre», me dijo Toña. «Es una crema. Hidrata y te ayuda a volver a sentir. Nada más, y nada menos.»

Esa frase me dio más confianza que cualquier anuncio.

Lo que pasó

La primera noche

La probé un sábado. Me puse un poquito en la yema del dedo, solo por fuera, y me senté en la orilla de la cama con el celular en la mano, medio esperando que no pasara nada, como siempre.

  • Minuto 1 o 2: un calor suave. Agradable, como cuando te pones las manos en una taza caliente.
  • Minuto 3 a 5: un cosquilleo fresco. Toña me había avisado: es el mentol.
  • Minuto 6 a 9: esa zona se sentía despierta. Hacía tanto que no la sentía así que me quedé quieta, sorprendida.

Esa noche no puse ningún pretexto.

La primera semana

La usé tres veces más. Lo que más me sorprendió no fue la crema, fue yo. Ya no estaba tensa esperando el ardor. Ya no tenía nada que esquivar. Ramiro no dijo nada, pero el domingo me trajo pan dulce sin que se lo pidiera, y en 31 años eso lo hace cuando anda contento.

El primer mes

Se me olvidó lo que era poner pretextos. Volvimos a quedarnos platicando en la noche, a reírnos de tonterías como cuando éramos novios. La resequedad del día a día también la noto mucho menos, porque me la pongo aunque no vaya a pasar nada.

No es magia. Es una crema. Pero me devolvió algo que yo ya había dado por perdido.

Alma y Ramiro riendo en el desayuno
Ramiro y yo, un domingo cualquiera.

El jueves que se lo conté al grupo

Tardé un mes en atreverme. Un jueves, ya en el café, se lo conté a las comadres. Pensé que se iban a reír. Se hizo un silencio y luego Lupe dijo bajito: «A mí me pasa igual.» Y después Chela. Y después Mari.

Cuatro de las seis llevábamos años calladas por lo mismo.

Alma con sus comadres en la mesa, riendo con café y pan dulce
Las del jueves.

Lo que dicen las clientas

«Tengo 56 años y ya pensaba que sentir menos era algo con lo que me tocaba vivir. Buscaba una opción sin hormonas y de aplicación externa. Me animé con Vellaskim y sí noté una diferencia en la sensación. Eso me dio confianza.»

Guadalupe H.✓ Compra verificada

«Ya había gastado en geles que se secaban rapidísimo y unas cápsulas con las que no noté nada. Por eso me costó animarme a comprar otra cosa. Con esta crema sí sentí diferencia y uso poquita cada vez. Hasta ahorita, no me arrepiento de haberla pedido.»

Patricia G.✓ Compra verificada

«Soy de piel sensible y mi pendiente era que me fuera a arder. La primera vez probé una cantidad chiquita para ver cómo reaccionaba. En mi caso sentí un cosquilleo y un calorcito suave, sin ardor. Me dio tranquilidad empezar despacio y conocer la sensación.»

Verónica M.✓ Compra verificada

Si vas a probar algo, que cumpla estas cuatro cosas

A Lupe y a Chela les pasé la misma lista que me dio Toña. Te la paso a ti también, la compres donde la compres:

  1. Sin hormonas. Que no tengas que tomar nada ni meterte nada al cuerpo.
  2. De uso externo. Que se aplique por fuera, en segundos.
  3. Que se note en minutos. No en tres meses. Si no notas nada esa misma noche, algo no está bien.
  4. Que te devuelvan el dinero si no te funciona. Después de lo que gasté en geles y cápsulas, esto para mí era obligatorio.

Vellaskim cumple las cuatro.

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Carta de Alma

Si llegaste hasta aquí, a lo mejor te está pasando lo mismo que a mí y tampoco se lo has contado a nadie.

No te voy a decir que una crema te cambia la vida. A mí me devolvió algo más sencillo: dejar de tener miedo a que Ramiro se acercara. Dejar de inventar pretextos. Volver a sentirme yo.

No es la edad, comadre. Es que nadie nos avisó. Y cuanto más tiempo lo callas, más lejos se va quedando todo, aunque estén en la misma cama.

Pruébala. Si no te funciona, te devuelven tu dinero. Si te funciona, me lo vas a agradecer el jueves.

Un abrazo,
Alma

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Preguntas frecuentes

¿Lleva hormonas?

No. Lleva mentol, aceite de jojoba, aceite de girasol y ácido hialurónico. Es de uso externo y no se toma nada.

¿Pica o arde?

El mentol da un calor suave y luego un cosquilleo fresco, que es lo que se busca. Si tienes la piel muy sensible, prueba antes un poco en la muñeca. Si notas molestia, lávate con agua y suspende el uso.

¿Cómo se usa?

Una cantidad pequeña en la yema del dedo, solo en la zona externa. El calor empieza en uno o dos minutos.

¿Cuánto dura un tubo?

Unas 30 aplicaciones. Con el 1+1 tienes para unas 60.

¿Cómo llega el paquete?

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¿Y si no me funciona?

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